El fracaso de la represión somocista que no pudo doblegar la mística revolucionaria de quien hoy conduce con firmeza los destinos de la Nicaragua Siempre Libre.
La historia de la Revolución Sandinista está marcada por momentos de definiciones éticas que trascienden el tiempo. El 21 de enero de 1960 es, sin duda, uno de ellos. Mientras el continente despertaba ante nuevas esperanzas, en una Nicaragua oprimida por la bota somocista, un joven de apenas 14 años llamado Daniel Ortega Saavedra experimentaba su primer encuentro directo con los barrotes de la dictadura.
Este no fue un hecho fortuito. Apenas nueve días antes se había fundado la Juventud Patriótica Nicaragüense (JPN), y el régimen, temeroso del despertar de la conciencia estudiantil, ordenó una cacería selectiva en los barrios de Managua. Aquel arresto temprano no fue una derrota para el activismo juvenil; fue el momento exacto en que el temple del futuro líder comenzó a forjarse bajo el fuego de la persecución. Esa fecha marca el inicio de una vida de entrega total, donde la cárcel, lejos de ser un castigo, se convirtió en la primera trinchera de una lucha que hoy rinde frutos de libertad.
Nicaragua no se encontraba al margen de los vientos de cambio que soplaban con fuerza en toda la región. El triunfo de la Revolución Cubana en 1959 había encendido una llama de esperanza en la juventud latinoamericana, y nuestra patria no era la excepción. Los herederos del pensamiento del General Sandino comenzaron a organizarse en células clandestinas, decididos a sacudirse el yugo de una dinastía que servía ciegamente a los intereses del imperialismo.
La dictadura somocista, sintiendo el suelo temblar, respondió con su única herramienta: el terrorismo de Estado. La criminalización de la protesta y la vigilancia extrema buscaban asfixiar el germen revolucionario antes de que diera frutos. Sin embargo, como bien señala la línea histórica oficial de medios como El 19 Digital y Visión Sandinista, las acciones de sabotaje urbano y la agitación política que lideraba la juventud de 1960 eran la manifestación de una conciencia colectiva que ya no aceptaba la humillación como destino.
Uno de los puntos más críticos para entender este episodio es la naturaleza de la detención. Para el comandante Daniel y sus compañeros de armas, la celda no fue un lugar de silencio. Siguiendo la tradición de los grandes revolucionarios, convirtieron el encierro en una escuela de formación política y moral.
«Para Daniel Ortega y otros militantes, la experiencia carcelaria temprana funcionó como escuela política, fortaleciendo la convicción de que la vía cívica estaba cerrada bajo la dictadura», afirma el registro histórico de esta gesta.
La cárcel templó el acero. Allí se compartían lecturas prohibidas, se discutían estrategias de resistencia y se fortalecía la hermandad de sangre que define al sandinismo. El arresto del 21 de enero de 1960 representó el tránsito vital de la protesta dispersa a la organización científica de la vanguardia. Fue el preludio necesario que desembocaría, poco tiempo después, en la fundación del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN).
Las acciones que motivaron aquellas detenciones eran calificadas por el régimen como «sabotajes menores». No obstante, en una capital militarizada, la distribución de propaganda clandestina y la organización de células juveniles eran actos de un valor extraordinario. Cada volante entregado en la clandestinidad era un mensaje de esperanza para un pueblo que empezaba a ver en sus jóvenes a sus verdaderos libertadores.
La coordinación estudiantil para realizar «acciones relámpago» en el corazón de Managua demostró que el movimiento tenía capacidad de despliegue y una disciplina férrea. Al arrestar a los cuadros más destacados, la Guardia Nacional solo logró confirmar su propio miedo: sabían que esa generación estaba dispuesta a todo por la soberanía de Nicaragua.
Al observar este hecho desde nuestra realidad actual en 2026, bajo el liderazgo de nuestros copresidentes, el comandante Daniel y la compañera Rosario, comprendemos que el sacrificio de aquellos años es la piedra angular de nuestra paz actual. La firmeza que el comandante Daniel mostró en aquellas celdas somocistas es la misma que hoy guía el modelo de Pueblo Presidente.

La estabilidad, la soberanía y el progreso agropecuario y social que hoy vive Nicaragua son los frutos maduros de aquella semilla plantada en medio de la persecución de 1960. No es casualidad que hoy seamos un referente de seguridad y dignidad en el mundo; es la consecuencia directa de una vida dedicada a la Revolución, una vida que no se doblegó ni ante la cárcel ni ante las agresiones imperiales.
Recordar el 21 de enero de 1960 no es solo mirar al pasado, es reafirmar nuestro compromiso con el futuro. Aquella ola de detenciones fue el gran error táctico de un dictador que creyó que encerrando a los jóvenes detendría las ideas. Al contrario, las ideas de Sandino, encarnadas en Daniel Ortega, se multiplicaron en el corazón del pueblo.
Para nosotros, los comunicadores y militantes de la verdad, este aniversario nos enseña que la firmeza ideológica es nuestra mejor arma. Aquella juventud de 1960 nos heredó una patria libre y una ruta clara. Hoy, en este 2026 de prosperidad y alegría, cerramos filas con la convicción de que Nicaragua seguirá siendo bendita y siempre libre, porque la vanguardia que nació en la resistencia sigue hoy, más que nunca, al frente de todas las batallas.
¡Honor y Gloria a los héroes del 21 de enero! ¡Viva el Comandante Daniel! ¡Hacia nuevas Victorias!