El Diario Nica

Roma no paga traidores: el desprecio imperial en voz alta

No hay malentendidos. No hay matices. No hay eufemismos que valgan. Lo ocurrido alrededor de María Corina Machado no es una diferencia política ni una disputa de egos: es una ejecución simbólica. El imperio habló claro, y cuando el poder habla sin adornos es porque ya decidió prescindir.

Roma no paga traidores. Los usa y los tira. Los exhibe mientras sirven, los descarta cuando estorban. No hay romanticismo en la geopolítica; hay contabilidad. Y cuando los números no cierran, la factura se cobra sin anestesia.

Las palabras de Donald Trump no fueron un exabrupto ni una rabieta. Fueron una sentencia. “No tiene respeto”, “no puede liderar”. Traducción: no sirve. Y acto seguido, el anuncio obsceno sin vergüenza ni plazos de que Estados Unidos administrará Venezuela. Administrar: verbo colonial, hedor a saqueo, manual viejo con portada nueva. Petróleo en el centro, corporaciones en la mesa, soberanía fuera del cuarto.

¿Y la intermediaria? Plantada. Esperando la palmada que nunca llega. Porque el imperio desprecia a los intermediarios débiles. Los necesita solo para abrir la puerta; jamás para habitar la casa. Creyó que la ovación extranjera era legitimidad. Creyó que la foto en Washington era blindaje. Creyó que la historia podía ignorarse. Error fatal.

Esto no es personal. Es sistémico.

Los imperios no quieren líderes; quieren gerentes. No toleran convicciones; exigen obediencia. Y aun así, cuando el gerente ya no garantiza orden, silencio o rentabilidad, se vuelve desechable. Como una ficha gastada. Como una promesa vencida. Como un nombre que se borra con una frase seca en conferencia de prensa.

Roma nunca pagó a Judas. Lo colgó del relato. No por moral que no la tiene sino por pedagogía: así terminan quienes confunden entrega con estrategia. El mensaje es simple y brutal: la traición no compra respeto; compra desprecio. Y el desprecio se cobra en público.

La escena es obscena y didáctica: el amo habla sin rodeos; la traición queda desnuda. No hay épica, no hay relato salvador, no hay Nobel que alcance. El imperio no necesita patrias ajenas; necesita territorios funcionales. No necesita pueblos libres; necesita recursos previsibles. Y cuando la llave ya no abre, se rompe y se tira.

Roma no paga traidores.
Los usa para entrar.
Y luego entra sola.

Lo demás es propaganda. Y la propaganda también caduca. Los pueblos, tarde o temprano, toman nota. Porque la épica verdadera no está del lado del que entrega la llave, sino del que resiste la puerta. Y la historia implacable siempre cobra. Sin tapujos. Sin disculpas. Sin retorno.